miércoles, 14 de julio de 2010

¡Ay, el nene me salió puto!

Artículo publicado hoy por el diario Tiempo Argentino, de Buenos Aires.

Por Víctor Ego Ducrot
Periodista, escritor y profesor universitario

El Congreso de la Nación tiene en sus manos la posibilidad de darnos un país más democrático; de avanzar en la concreción de un principio republicano que lleva siglos escrito y proclamado, al mismo tiempo que relativizado en los hechos, cuando no negado: el de la igualdad ante la ley. Si logramos que cualquiera se pueda casar y formar una familia, independientemente de que se enamore de él o de ella, los argentinos y la argentinas tendremos una sociedad más justa, desde la cual seguir construyendo subjetividad individual y colectiva; podremos transitar hacia la materialización efectiva de la declamada igualdad.

Porque de eso se trata. De que los principios constitucionales dejen de ser sólo verbo para convertirse acción y percepción tangible, por fuera de la lógica perversa que consagra víctimas y victimarios, tanto en el plano económico (sin pobreza, ni desocupación, ni exclusiones sociales) como en el de los espacios privados y familiares. Mientras la violencia de género, constitutiva incluso de un tipo particular de homicidio, no sea abordada con contundencia desde el Estado, mientras éste no le reconozca a las mujeres el derecho al aborto - por sólo mencionar algunos de los tantos asuntos pendientes -, mientras la Ley no refleje la realidad e intervenga para que la misma sea democrática e igualitaria; mientras todo ello no suceda, la República estará en deuda con sus habitantes.

Como lo maravilloso de lo humano consiste en que no tenemos otra forma de alcanzar materializaciones efectivas de la igualdad y de los derechos que no sea mediante el ejercicio de la palabra, es que los sectores más conservadores de la sociedad se oponen, hasta con rabia inquisitorial, a que esa palabra sea puesta en práctica y tensión. Es sobre ese punto desde dónde hay que entender la embestida de Bergoglio contra “el demonio” y el comportamiento, en el mejor de los casos dubitativo, de los grandes medios oligopólicos respecto del tema que nos ocupa.

Durante mucho tiempo, la palabra estuvo administrada e impuesta por la familia (la del orden primario y cotidiano), la Escuela (la del saber y del no saber), la Iglesia (la de lo bueno y lo malo como principio ordenador), la Institución Médica (la de los sano y lo enfermo) y el Estado en su sentido más intrínseco, que es el da la violencia legalizada (la de lo que se castiga y no se castiga). Y mal que bien, esa estructura funcionó: las intervenciones de los actores políticos para asegurar o transformar el orden establecido se dieron sobre esa lógica, sobre ese escenario, procurando la creación de nuevos contenidos ideológicos familiares y escolares, cuestionando la jerarquía y el discurso dominante dentro de la Iglesia, revisando el concepto de salud y poniendo en tela de juicio el contenido de las leyes y el comportamientos de las instituciones (violentas) encargadas de que las mismas se apliquen.

Pero algo se rompió. A medida que la transnacionalización y la corporativización de las prácticas económicas se fueron transformando en una suerte de totalización autoritaria, haciendo que los que quedaron dentro del sistema dediquen cada vez más tiempo y energía -hasta sus horas de ocio convertido en consumo - para que el sistema se reproduzca, y que los excluidos nada tengan, salvo la destrucción de todo lazo de pertenencia, aquellas instituciones comenzaron a verse reemplazadas por otro sistema ordenador de valores; de lo feo y de lo bello, de lo malo y de lo bueno, de lo justo y de lo injusto.

Ya se había encargado de advertirlo el propio Kissinger, al borde último de la guerra de Vietnam, cuando dijo que “las libertades occidentales no podrán ser garantizadas si permitimos que la prensa diga lo que quiera”. Ya se habían encargado de advertirlo varias organizaciones internacionales, como la propia UNESCO, al señalar desde principios de los pasados ’80 que el tiempo promedio de la sociedad frente a la TV se equipara a la cantidad de horas aplicadas al trabajo y tiende a ser al doble del que los niños dedican a la escuela y el grupo familiar al encuentro como tal; y que el desplazamiento de capitales provenientes de las industrias bélica, farmacológica y alimentaria al sector medios de comunicación se incrementará en escala geométrica. Nacía la corporación mediática oligopolizada como organizadora y disciplinante del conjunto social.

Si la Ley de Servicios Audiovisuales y los esfuerzos del Estado por desmadejar esa vergüenza nacional llamada Papel Prensa propenden a democratizar el espacio mediático, una ley que reconozca el derecho de las personas a casarse y formar familia sin ser discriminadas por sus opciones sexuales propenderá a democratizar la discusión sobre sentidos en el seno de la vida cotidiana, por fuera de los medios, al interior de las familias, en la escuela, ante las instituciones del propio Estado. Ambas, la ya vigente pese a los esfuerzos denodados de las corporaciones para borrarla, y la que debate a estas horas el Congreso de la Nación, tienden a los mismo: a la democratización sabiamente plebeya de la palabra; por eso las advertencias contra “el demonio” formuladas por Bergoglio, por eso la reacción inquisitorial de la Argentina conservadora.

Imaginemos ciertas situaciones con la certeza de que nuestros esfuerzos para ello no deberán ser nada del otro mundo, porque todos y todas los que vivimos en este país – y me animo a decir los que vivimos sobre la Tierra, cada cultura con su peculiaridad- protagonizamos en el pasado, lo hacemos en el presente y lo haremos en el futuro, y en múltiples oportunidades, situaciones que una Argentina igualitaria irá dejando en el pasado.

No me digan ustedes que en cada una de nuestras familias alguna vez no se habló en voz baja, y sobre todo cuando los menores no están presentes, sobre el tío que, o la sobrina tal cual, o el amigo del nene me parece, o…y podríamos seguir, ¿o no?. Y no quiero abundar…pero bueno, ¿por qué no, acaso no estamos por la democracia de la palabra?

Reconozcamos entonces, porque el que no lo hace simplemente no quiere o no se anima: quién de ustedes (nosotros) no se dijo alguna vez, con pretensiones de tolerante, a mí lo que me preocuparía de tener un hijo homosexual o una hija lesbiana, es que, pobrecito, sea discriminado, que sufra…o quién no escuchó voces más descarnadas… si me sale puto a tortillera la mato. ¡Vamos seamos sinceros!, y quisiera ir más a fondo: ¿usted señora, usted señor, en el fondito de su intimidad, pero en silencio porque de eso no se habla, usted señora, usted señor, nunca dudó (dudamos) en algún momento de su vida, de su propia sexualidad? Seamos sinceros.

Bien. De eso se trata, de democratizar la palabra; para erradicar para siempre ¡ay el nene me salió puto! ¿Sabe (sabemos) por qué de eso se trata? Porque nuestra Constitución dice que somos todos y todas iguales.